Funcionarios de la oficina del entonces director de Inteligencia Nacional se apresuraron de inmediato a desmentirlo todo, pero ya con Trump allí mismo declararon que los desmentidos precipitados habían sido parte de una estrategia de «resiliencia informativa», orientada a «dar forma a la narrativa pública» para «mitigar y contrarrestar la influencia maliciosa extranjera».
Con ese lenguaje florido, los agentes estadounidenses atrapados con las manos en la masa tradujeron al idioma burocrático la palabra ‘mentira’.
Pero ¿quién fue su beneficiario final? Al fin y al cabo, el tristemente célebre ‘Rusiagate’, con filtraciones sobre que Trump supuestamente era un agente del Kremlin, creció a partir del deseo banal de poder de Hillary Clinton.
Sorprende que también en la historia de los biolaboratorios se vislumbre una lista similar de interesados.
El general Kirílov informaba de que algunas investigaciones militar-biológicas se financiaban no solo con el presupuesto del Pentágono, sino también con fondos privados.
Los hilos conducen a Soros y a los propios Clinton.
Esto también se confirma en EE.UU. En el material exclusivo del New York Post se subraya especialmente que el débil control sobre la distribución de la financiación (que a menudo pasa precisamente por agencias estadounidenses hacia beneficiarios de subvenciones y subcontratistas) no permite a los estadounidenses saber si en laboratorios extranjeros se llevan a cabo experimentos potencialmente peligrosos.
Por ejemplo, el inspector general del Departamento de Defensa de EE.UU. no pudo determinar cuántos posibles «patógenos potenciados con potencial pandémico» se estudian en todo el mundo, a pesar de que entre 2014 y 2023 se gastaron más de 1.400 millones de dólares en experimentos de ese tipo en el extranjero.
Ucrania, atravesada de parte a parte por el virus de la corrupción, que bajo los demócratas se convirtió en la principal ‘caja negra’ de los globalistas, parece aquí un eslabón de transferencia ideal.
Y en este sentido, la investigación que abrió Tulsi Gabbard puede tener también otro objetivo: junto con las investigaciones anticorrupción que han puesto en marcha en Kiev estructuras controladas por EE.UU., ejercer presión no solo sobre Zelenski (a través de su entorno, como Yermak y Míndich), sino también sobre sus protectores dentro del ‘pantano de Washington’. Al fin y al cabo, esa cepa que en su día sometió al organismo de gestión de Ucrania y se dedicó a su propia reproducción salió a la luz del mismo autoclave estadounidense.


